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Ruta en moto Marruecos Aventura.

Sin considerarme un tío especialmente valiente, puede considerárseme una persona a la que no le da miedo volar. Al menos, de momento, nunca lo he tenido.

Lo que tampoco había padecido nunca, y sí sufrí el pasado 3 de febrero camino de Málaga, fue miedo volando. Miedo a cómo iba a ser capaz yo de capear las dos semanas venideras en el estado en el que me encontraba en aquel momento: sentado al final del avión, pegadito al baño, prácticamente deshidratado y con visos de seguir deshidratándome. Vomitando y descompuesto. Quien me transmitió el día anterior aquel virus intestinal mejor me lo callo… Reposo, plátano maduro con moderación para  ir rellenando el estómago, suero de la farmacia y en 24 horas volví a la normalidad.

Esa normalidad a la que retorné, aquellas primeras dos semanas de “normalidad”, resultó ser la de alguien que se estrena como guía IMTBIKE de viajes en moto en un tour por Marruecos. Con infinidad de traslados, dos ferris y otros dos pasos fronterizos (africanos) de por medio; anécdotas, situaciones e imprevistos aparte. Tela.

“Nunca he viajado con un grupo tan heterogéneo como éste”, me dice Sergi tras el primer briefing. Sergi, el head guide, con tropecientos tours y otros tantos tropecientos grupos a su cargo (por lo visto menos heterodoxos que el nuestro, que el de mi debut) como background viajero, está sorprendido para bien o para mal con nuestra caravana de clientes.

Qué más da, pensé yo. Lo pensé porque no me atrevía a preguntar si esa heterogeneidad era algo positivo o negativo para el tour. Y si no para el tour, al menos para mí, que acababa de aterrizar en un proyecto como aquel. Porque si algo me quedó claro antes, durante y después de este Magical Morocco es que un tour, para los que estamos al otro lado del burladero, no es sólo viajar; cada tour es un proyecto, una obra, una pieza artística realizada por un grupo que cuida detalles e imponderables para que durante dos semanas todo fluya hacia el éxito.

Desde un segundo plano, con Sergi tomando el mando del grupo y empapándome de todo cuanto acontecía para analizar personalidades e intentar desentrañar cómo era cada uno de los clientes y cuáles serían sus necesidades, te das cuenta de lo nerviosa que está la gente la jornada de bienvenida. Nerviosa quizá no sea palabra más precisa; a ellos se les notaba más bien excitados. Te fijas cómo miran mientras escuchan al head guide, con qué atención, y cómo se les escapa de vez en cuando unas sonrisillas que se regalan entre ellos con la mirada, insinuándose un “qué bien nos lo vamos a pasar”. Sólo les faltaba levantarse y chocar las palmas de las manos en plan NBA.

Bien. En la primera toma de contacto salimos satisfechos porque, aunque no ha habido una comunión general dentro del grupo, la primera impresión que nos han ofrecido es que están dispuestos a que la haya.  Hay predisposición por su parte. Sergi está muy contento de esta primera cita y me lo hace notar de mil maneras. ¡Qué tío!, no sólo sabe animar a los clientes sino que también se empeña en estimularme a mí. Y lo consigue.

Escuché una vez que nadie tiene una segunda oportunidad para ofrecer una buena primera impresión, y la primera impresión que nos llevamos todos de todos tras la primera cena fue muy positiva. Principalmente de José y María Alejandra, padre e hija colombianos que nos regalaron un tarro de café soluble (colombiano, cómo no) a cada uno. Lo probé nada más llegar a casa, a solas y recordando lo que había sucedido durante las dos últimas semanas. Me supo a gloria. ¡Muchas gracias de nuevo!

Intensidad y concentración. Así podría resumir mi primer tour como guía. Tanta intensidad y concentración durante dos semanas que, ya de vuelta en casa, los cinco primeros días amanecía sobresaltado, pensando (o soñando, vaya usted a saber) que tenía que bajar corriendo a recepción para cargar equipajes en la furgoneta, con la sensación añadida de no saber en qué hotel me encontraba. Luego, cuando miraba a mi lado veía que mi compañero de habitación era mi perro Otto y no Sergi, y me quedaba más tranquilo.

De todas formas esa sensación la desarrollé ya en Barcelona, porque durante  el tour no te das cuenta. No eres consciente de lo focused que estás en lo que tienes entre manos, porque entre la cantidad de estímulos que vas recibiendo y los horarios (también en casa, recordando el viaje, me di cuenta de que siempre, siempre, siempre, por mucho que apuráramos debido a los imprevistos, fuimos puntuales Sergi y yo), tu implicación y desempeño te pasan desapercibidos.

El estrés de intentar seguir a un grupo en moto dejó de serlo a partir del segundo día en Marruecos. De la furgoneta tienes que hacerte amigo y conocerla mejor que tu casa lo antes posible. Requiere tiempo, paciencia y atención, mucha atención para cometer un error una vez pero no dos. Que ese error te sirva de algo: tener siempre presente aquel fallo y sortearlo en ocasiones similares.

La cabina de la furgoneta va a ser tu hogar diurno estos días. Al principio tardaba en subir, bloquear las puertas, ponerme el cinturón, sacar el freno de mano, etc., sin embargo la rutina de movimientos te hace actuar casi como un robot, de forma mecanizada, en un par de días. Si todo fluye, todo se hace más relajado, y el rendimiento aumenta. Aquí la cámara, aquí el mapa, aquí el tour handbook, aquí el móvil marroquí, aquí el agua, aquí un trapo para ir secándome las manos… Todo localizable con facilidad, todo al alcance de la mano, todo alcanzado sin necesidad siquiera de mirar. Rutina, experiencia, fluidez.

Hablaba antes de la excitación y cierto nerviosismo que desprendían los participantes del tour el primer día, y me llamaba la atención precisamente porque me veía reflejado en ellos. Lo que para el grupo iba a ser nuevo, también iba a serlo para a mí pesar de que yo ya había estado previamente en Marruecos por mi cuenta. Me acuerdo especialmente de la foto que nos hicimos todos juntos en el paso del Tichka, a 2260 metros de altitud, en la que aparezco entre Robert y Alexander, levantando sus manos; y me acuerdo de la foto porque vista con perspectiva, estoy tan o más impresionado que ellos por lo que hemos visto y vivido hasta llegar a la carretera más alta de Marruecos. ¡Qué  cosas!

Lo mismo me sucedió en el desierto de Erg Chebbi, cuando bajamos de los todoterrenos y fuera nos esperaba una guerrera tormenta de arena. Tocabas a alguien y  escuchabas un chasquido mientras notabas una pequeña descarga eléctrica (sin ser físico, imagino que fruto de la fricción del azote del viento sobre la fina arena depositaba en nuestra ropa). Disfruté como un niño, igual que hicieron los demás. Parecía uno de ellos. No parecía que estuviera “trabajando”. ¡Qué risas!

Porque si algo me traje también a casa fue sacos de camaradería de todos con todos. Todos dispuestos a echar una mano, incluso con labores que ellos tenían presente que eran única y exclusivamente tarea mía. Sobre todo por parte de María Alejandra y Fedor, de 17 y 16 años, ella colombiana como señalé más arriba y él ruso. Un poco tímidos al principio, a medio viaje ya los tenía siempre en la popa de la furgoneta cada vez que había que descargar las maletas para ayudarme a llevarlas a la recepción del hotel. No, no me refiero a las suyas, no; querían ayudarme a llevar todas. En ocasiones tenía que “enfadarme” para que volvieran al hotel, pero ni por ésas, oye. Chapó por ellos.

Fedor era especial. Educado (siempre se dirigía a ti diciendo primero tu nombre y con una corrección extrema, aunque fuese para pedirte el salero durante la comida)  e irónico, tenía un humor muy fino y unas salidas socarronas impropias de alguien de su edad. Me ganó ya en Ceuta, el segundo día de viaje, cuando en la frontera me dijo muy serio: “Juanan, bienvenido a África”. Tuve que corregirle. “No, Fedor; Ceuta es aún España, aún estamos en Europa”. Ya en el paso a Marruecos, VEINTE METROS MÁS ADELANTE, fui a buscarle para darle un abrazo con un “Fedor, ¡ya estamos en África!”. Fedor y Alexander, su padre, ambos encantadores. Me alegro por ellos porque nos comunicaron en varias ocasiones que lo habían pasado genial y nos estaban muy agradecidos.

Lo único que no me gustó del tour fue la despedida. Lo digo muy en serio sin querer parecer un ‘bienqueda’. A  medida que se acercaba el regreso a España experimentaba un sentimiento contradictorio, porque por un lado tenía muchas ganas de ver a los míos pero a la vez era consciente de que tal vez no volvería a ver a unas personas que tras dos semanas de convivencia y de experiencias también consideraba míos.

Siempre he pensado que esto de formar parte del staff IMTBIKE en un tour, de cuidar de tu grupo y de que se sientan a gusto y protegidos, de que todo transcurra con fluidez y diversión, de que en los días de descanso no quieran descansar y sí seguir haciendo cosas contigo, de que queden satisfechos y se muestren tan agradecidos… ¡y de que te ganes la vida así! Siempre he pensado, insisto, que todo esto era la leche; pero, ¡ay!, no contaba yo con que las despedidas iban a afectarme tanto…

Afortunadamente todos quieren repetir. Por suerte volveremos a vernos pronto. Eso espero.

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